Historia del Karate
No nació en Japón, no lo inventaron campesinos desarmados y no empezó siendo un deporte de puntos. Karate es lo que queda de un método okinawense de pelea a corta distancia después de tres reformas seguidas, y cada reforma le cambió la pregunta.
De todos los sistemas que rodean al Krav Maga, el karate es el que más se le ha pegado al vocabulario. El programa de cinturón negro que sigue este sitio se examina de kihon, de kata y de kihon ippon kumite, y los grados se cuentan por dan. Nada de eso es hebreo. Merece la pena saber de dónde viene.
Okinawa, no Japón
El karate no es japonés de origen. Nació en Okinawa, la isla principal del archipiélago Ryūkyū, que hasta 1879 fue un reino independiente con su propia lengua, su propia corte y, sobre todo, su propio comercio. Ryūkyū vivía de ser el intermediario marítimo entre China, Japón, Corea y el sudeste asiático.
Ese comercio es la clave de todo. Durante siglos hubo tráfico constante de personas entre Okinawa y la provincia china de Fujian, y con las personas viajaron los métodos de pelea del sur de China. Lo que se practicaba en Okinawa se llamaba tī (o te, «mano») y también tōde: literalmente «mano china». El nombre lo dice todo: los okinawenses sabían perfectamente de dónde venía la mitad de lo que hacían.
La historia de los campesinos desarmados, que casi seguro es falsa
Aquí hay que parar, porque es la versión que se cuenta en el 90 % de los gimnasios: que los gobernantes prohibieron las armas, y que los campesinos, indefensos, desarrollaron el karate con las manos vacías y convirtieron sus aperos de labranza en las armas del kobudō.
Es una historia buenísima y no se sostiene. Hubo restricciones de armas —se citan las del rey Shō Shin a finales del siglo XV y las que siguieron a la invasión del clan Satsuma en 1609—, pero eran controles sobre la posesión y el almacenamiento de armamento, del tipo que cualquier estado impone, no una desmilitarización de la población.
Y sobre todo: los nombres que aparecen en toda la cadena de transmisión del tōde no son de campesinos. Son de la clase pechin, la nobleza funcionarial y guerrera de Ryūkyū —gente con cargo, con sueldo, con acceso a viajar a China y, muy a menudo, con funciones de policía y de escolta. Es decir: el karate se cultivó donde estaba el dinero y donde hacía falta detener a alguien por oficio, no en el arrozal.
Cambiar esa historia cambia la pregunta que contestaba el sistema. No es «un campesino sin nada contra un samurái armado». Es «un funcionario armado únicamente con las manos que tiene que controlar a un tipo en un puerto». Eso explica mucho mejor lo que las katas antiguas contienen: agarres, luxaciones, derribos, golpes a distancia corta y ataques a zonas blandas.
Del secreto a la escuela: Itosu
Durante casi todo su recorrido el tōde se enseñó en privado, sin escuelas, sin programa y sin grados: un maestro, dos o tres alumnos, y años. Sōkon Matsumura en el siglo XIX es la figura de referencia de ese modelo.
Lo que rompe con eso es su discípulo Ankō Itosu (1831-1915), y es un cambio más grande de lo que parece. A principios del siglo XX Itosu consiguió meter el tōde en las escuelas públicas de Okinawa, y para eso tuvo que hacer lo que hay que hacer cuando pasas de tres alumnos a doscientos niños: simplificar y sistematizar. Creó las katas pinan, una serie progresiva y accesible, y sacó del programa lo que no se podía enseñar a un aula.
Ahí empieza el karate como lo conocemos, y ahí empieza también su primera pérdida: un método pensado para lesionar a alguien se convierte en educación física. Muchas de las aplicaciones concretas de las katas dejaron de transmitirse en esa transición, y buena parte de la investigación posterior sobre karate consiste en intentar recuperarlas.
En paralelo, Kanryō Higaonna mantenía la otra rama, la de Naha, con un trabajo más próximo, más de agarre y de respiración, de la que sale el gōjū-ryū.
Japón, 1922: el cambio de nombre
Gichin Funakoshi, alumno de Itosu, presenta el arte en Japón en 1922 y se queda allí. Y para que un método okinawense fuese aceptable en el Japón nacionalista de los años veinte y treinta hubo que naturalizarlo:
- Se cambió la escritura de 唐手 (tōde, «mano china») a 空手 (karate, «mano vacía»). Misma pronunciación, se borra China.
- Se le añadió -dō, «camino», para encajarlo en la familia de los budō: judo, kendo, aikido, karate-do.
- Se adoptó del judo de Jigorō Kanō casi toda la infraestructura: el gi blanco, los cinturones de colores y el sistema kyū / dan.
Este último punto conviene tenerlo claro, porque afecta a este sitio: los cinturones no son una tradición milenaria. Son una invención administrativa japonesa de finales del siglo XIX para gestionar clases numerosas, y todo el mundo la copió después — el Krav Maga incluido.
La adopción del formato budō trajo también el kumite reglado y, con él, el karate como deporte de competición: contacto controlado, puntos, y un árbitro que separa. Tercera reforma, y tercera vez que cambia la pregunta.
Los estilos, en dos líneas
Después de la guerra el karate se ramifica y se exporta. Los cuatro estilos japoneses mayoritarios son shōtōkan (de Funakoshi: distancia larga, posiciones bajas, golpe único), gōjū-ryū (de Chōjun Miyagi, vía Higaonna: distancia corta, agarre, respiración), shitō-ryū y wadō-ryū (este con jūjutsu dentro, y por tanto con desvíos y proyecciones). En Okinawa siguieron sus propias líneas, en general más cercanas al material antiguo.
Y aparte va el kyokushin de Masutatsu Ōyama, que hizo lo contrario que todos: contacto pleno al cuerpo, sin protecciones. Es el karate del que más ha salido hacia el combate real, y no por casualidad: es el único que se entrena recibiendo.
Qué se lleva de aquí el Krav Maga
Tres cosas, y solo una es técnica:
- El vocabulario y la estructura de examen. Kihon, kata, kumite, dan, cinturones, programa por grados. Todo eso es infraestructura budō japonesa, adoptada porque funciona para organizar la enseñanza y evaluar a mucha gente con el mismo criterio.
- El repertorio de golpe a distancia media. Los directos, los circulares, las patadas directas y circulares, el trabajo de desplazamiento: hay mucho karate en el programa de los grados intermedios.
- La advertencia. El karate es el ejemplo mejor documentado de lo que le pasa a un sistema de pelea cuando se convierte primero en educación física y después en deporte de puntos: se conserva la forma y se pierde la aplicación. Es exactamente el riesgo que corre cualquier programa de defensa personal con exámenes, y por eso el programa de Krav Maga insiste tanto en el combate libre y en los ejercicios sin guion.
Merece la pena leer las katas antiguas con esto en la cabeza. Cuando un movimiento de kata «no tiene sentido» como bloqueo, muchas veces es porque no era un bloqueo: era un agarre, una luxación o un derribo, y lo que se ha perdido no es la técnica sino su explicación.