El congelamiento

Quedarse paralizado no es cobardía ni falta de entrenamiento: es un mecanismo con varias causas distintas. Y hay un procedimiento de tres pasos para romperlo.

Congelarse es no moverse estando en peligro.

A veces es involuntario: la descarga hormonal activa un modo de congelación que viene de fábrica. A veces es una estrategia: no moverse es la mejor opción, porque los depredadores se fijan en el movimiento. Y a veces, en mitad del bloqueo, ni siquiera distingues si no puedes moverte o no quieres.

Lo primero que hay que quitarse de encima es la idea de que es un defecto de carácter. También se bloquean los profesionales. La diferencia no está en no bloquearse: está en cuánto tardan en salir.

Antes de nada: los relatos no son fiables

La percepción del tiempo se distorsiona tanto que los testimonios —incluido el tuyo— valen poco.

Miller cuenta una entrada real a una habitación con un sospechoso armado. Desde que se abrió la puerta hasta que disparó, él recuerda unos 3 segundos. El jefe de equipo, más adrenalizado, recuerda cerca de un minuto, incluyendo una conversación que nunca ocurrió. El resto del equipo lo describió como casi instantáneo.

Consecuencia: hay gente que se recuerda paralizada y en realidad se estaba moviendo, y gente que recuerda haber hecho muchas cosas y estuvo quieta con la imaginación al rojo vivo.

Esa es también, dicho de paso, una de las razones por las que no conviene dar declaraciones detalladas inmediatamente después de un incidente grave. Tu cerebro va a rellenar huecos sin avisarte.

Los tipos de bloqueo

No todos tienen la misma causa ni la misma solución.

Táctico

Es una decisión. Te quedas quieto a propósito para pasar desapercibido, para que el otro se calme o para reunir información.

A veces es muy buena idea: los depredadores se fijan en el movimiento, y no moverse puede hacer que pasen a otra cosa. Pero tiene un límite claro: solo es válido antes de que empiece el daño. En cuanto hay golpes o armas en juego, hay que estar haciendo algo.

Fisiológico

Cuando el cuerpo pasa del estado metabólico normal al estado adrenalizado, hay un instante de transición. Literalmente cambias de cuerpo y de cabeza, y mientras se hace el cambio de marcha no hay potencia en las ruedas.

Unos cambian de marcha más rápido que otros, y eso sí se entrena: la última fase del entrenamiento contra emboscadas consiste precisamente en encadenar la técnica con la transición inmediata al modo pelea.

Cognitivos: los más frecuentes

Por exceso de información. Ante una lluvia de golpes puedes quedarte atrapado observando y reorientándote sin llegar nunca a decidir: cada vez que empiezas a orientarte llega información nueva. Y en un asalto, cada una de esas informaciones nuevas es un golpe que estás recibiendo.

Por novedad. Si no consigues entender qué está pasando, no puedes formular una respuesta. Aquí hay dos ejemplos que Miller da y que se quedan en la cabeza:

  • El bofetón con la mano abierta. Entre adultos, el contacto en la cara es un tabú muy fuerte: solo ocurre con enorme intimidad o enorme dominancia. Algunos criminales abren la agresión así precisamente porque bloquea de forma fiable y mete a la víctima en una actitud sumisa. Para mucha gente, la última vez que le dieron una bofetada era un niño al que estaban castigando, y la cabeza vuelve ahí.
  • Desplomarse al recibir un disparo. Salvo compromiso del tronco encefálico o la médula, casi nunca hay razón fisiológica para caerse. Y sin embargo, se ha visto a agentes en entrenamiento —sin ninguna lesión— desplomarse y hacerse los muertos al ser «alcanzados». La única vez que les habían «disparado» era jugando de niños, y si no te morías, hacías trampa.

Por disonancia. Si lo que ves no encaja con lo que esperabas, tu cerebro se ve casi obligado a resolver la contradicción antes de actuar. Si la pelea en la que estás no se parece a la pelea para la que entrenaste, te bloqueas. Y —esto es opinión suya y merece leerse dos veces— esto se agrava en quien está muy convencido de que su entrenamiento le ha preparado para la realidad.

Por buscar el porqué. Uno de los bloqueos más frecuentes que reportan las víctimas es quedarse intentando entender por qué está pasando esto. Procesar la experiencia se puede hacer después, cuando estés a salvo. En el momento hace falta moverse, no comprender.

Por buscar el plan perfecto. Cada segundo planificando es un segundo recibiendo daño. Y el daño reduce tu capacidad de ejecutar planes. Se puede morir sin hacer nada, buscando el plan ideal.

De identidad

Dos frases, igual de devastadoras:

  • «A mí no me pasan estas cosas, esto no está pasando.»
  • «Sé lo que debería hacer, pero yo no soy de las personas que hacen eso.»

La idea que tienes de ti mismo impide la acción, a veces al precio de la vida. Miller responde a esto con una idea que merece la pena: tu identidad es en buena medida una construcción — si fuera tan sólida como creemos, no existirían los estados de ánimo. En ese momento tienes el poder de ser lo que necesites ser.

Cómo se rompe

Aquí está lo práctico, y es corto. Miller aclara que no es teoría: es ingeniería inversa sobre las veces que él mismo se quedó bloqueado y debería haber salido malparado y no lo hizo.

  1. Reconoce que estás bloqueado. Si crees que deberías estar haciendo algo y no lo estás haciendo, estás bloqueado. Si estás recibiendo daño —o viendo cómo lo recibe alguien— y notas una sensación cálida y un rumor en los oídos como el del mar, estás bloqueado.
  2. Oblígate a hacer algo. Gritar, golpear, correr. Lo que sea. Decirlo en voz alta funciona mejor que decírtelo por dentro, porque te recuerda que puedes afectar al mundo: es muy fácil decir cosas en tu cabeza y no hacerlas.
  3. Repite el paso 2. Incluso la misma acción otra vez.

Es el mismo mecanismo que usa un sanitario hablándose a sí mismo en su primera urgencia grave.

Y cómo se reduce entrenando

No se elimina, pero unos tipos se reducen mucho:

  • Contra el bloqueo por novedad: variedad. Cuantas más situaciones distintas hayas vivido —posiciones raras, superficies, ropa, oscuridad, ruido, contacto en la cara—, menos cosas serán nuevas.
  • Contra el bloqueo de capacidad: conocer tus propios puntos ciegos. Saber qué eres capaz de hacer y qué no, de verdad, antes de necesitarlo.
  • Contra el bloqueo fisiológico: entrenar la transición, no solo la técnica.

Un aviso final de Miller para quien enseña: en un entorno de entrenamiento es casi imposible saber si alguien ha cambiado de verdad su capacidad de hacer algo, o si simplemente se ha convencido de que esto es un juego y vale con fingir. Si es lo segundo, el bloqueo sigue ahí, esperando.

Fuentes de este artículo
  1. Rory Miller, Facing Violence: Preparing for the Unexpected, YMAA Publication Center, 2014, cap. 5.

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