La violencia no se parece al entrenamiento

Cuatro diferencias entre un asalto real y lo que se practica en clase: pasa más cerca, más rápido, más de repente y con más potencia de lo que casi nadie cree.

Rory Miller investigó esta agresión entre dos internos en la prisión donde trabajaba. No tiene nada de especial: es la norma.

Uno se estaba lavando los dientes. El otro llegó por detrás y le golpeó en el lado derecho de la cabeza. El primero intentó girarse, pero quedó aplastado contra una esquina y siguió recibiendo golpes con la derecha hasta que se hizo un ovillo. La sangre salpicó la pared a la altura del hombro.

El agresor se rompió varios huesos de la mano y no se dio cuenta. Además de fracturarse los metacarpianos, tenía un dedo deformado y torcido hacia un lado. No lo supo hasta que se lo señalaron horas después. Tenía la mano rota y siguió pegando.

Y todavía queda el detalle que lo cambia todo. Cuando le dijeron que había tenido suerte de que el otro no se golpease la cabeza contra la pared, porque eso habría significado cargos más graves, respondió: «Qué va, le sujetaba la cabeza con la otra mano para que no diera contra la pared. Ya sé cómo infláis los cargos.»

En mitad de la emboscada, estaba pensando. Con la mano rota, mientras destrozaba a otra persona, calculaba su situación procesal.

Casi nadie que entrena artes marciales está preparado para esto.

Las cuatro verdades

Los asaltos ocurren más cerca, más rápido, más de repente y con más potencia de lo que casi todo el mundo cree. Son las cuatro cosas más difíciles de reproducir entrenando.

1. Más cerca

Uno de los rasgos más artificiales del entrenamiento moderno es que las defensas se practican a una distancia cómoda, en la que el atacante tiene que dar al menos medio paso para llegar.

Los agresores reales no regalan ese medio paso. Atacan cuando ya están seguros de acertar, y eligen la distancia a la que su víctima tendrá el menor tiempo posible para reaccionar.

Ese medio paso extra es lo que hace funcionar un montón de cosas que en la calle no funcionan. La distancia es tiempo, y defender cuesta tiempo. Compruébalo en clase: ponte tan cerca que puedas apoyar el antebrazo en el hombro de tu compañero, dale libertad para golpear con cualquier mano al objetivo que quiera, y verás que no llegas a parar nada salvo que telegrafíe mucho.

Y el sitio también juega en contra: el lugar de la emboscada suele ser uno que estorbe a la víctima — un servicio, el hueco entre dos coches, contra una pared. ¿Tu técnica favorita sigue funcionando sin espacio para girar o para dar un paso?

2. Más rápido

Como el agresor eligió el momento, el lugar y a la víctima, puede atacar a todo gas sin pensar en defenderse. El resultado es una lluvia de golpes que no se parece a ningún asalto de combate.

Los números, medidos por Miller haciendo golpear un saco durante intervalos cronometrados:

QuiénGolpes por segundo
Alguien sin entrenar~4
Un buen practicante8 a 10
El máximo que él ha medido13-14

Y aquí está lo importante: ni siquiera quien golpea diez veces por segundo puede bloquear diez veces por segundo.

Un practicante acostumbrado al ritmo prudente de los asaltos de combate —donde hay ida y vuelta, y sutilezas de tiempo que lo convierten en un juego de habilidad— no está preparado para esa velocidad.

3. Más de repente

Un asalto se basa en el cálculo que hace el agresor de sus posibilidades. Si no consigue sorpresa, muchas veces no ataca.

Hay quien sostiene que siempre hay un aviso intuitivo. Puede ser, pero si el aviso se hubiera notado y atendido, no habría habido asalto. Cuando el ataque llega, llega por sorpresa.

Esto es lo más difícil de entrenar, por una razón lógica: saber que estás entrenando ya elimina la sorpresa. En clase te preparas, respiras, te mentalizas. Una agresión ocurre mientras tu cabeza está en las facturas, en la compra o en las llaves que no encuentras.

4. Más potencia

Aquí hay un matiz honesto que conviene hacer: el criminal medio no pega tan fuerte como un buen boxeador o un buen karateca. Lo que pasa es que pega más fuerte de lo que ese boxeador —con guantes— ha sentido nunca.

Y recibir es parte del entorno normal de un asalto. El primer golpe de una emboscada suele entrar, y muchos de los siguientes también. Puede ser un dolor agudo y punzante, distinto del retumbar sordo de un golpe con guante.

Esto tiene una consecuencia directa: si algo se siente, suena o huele distinto de aquello para lo que has entrenado, tu cuerpo va a registrarlo como experiencia nueva y puede bloquearse. Pelear con una conmoción no se parece a hacer guantes.

Y no hay dolor que garantice nada

Vuelve al caso del principio: un hombre con la mano rota que no se entera y sigue pegando.

No existe un nivel de dolor que detenga con seguridad a un agresor comprometido. Ni una nariz rota, ni una mano rota. Si tu plan depende de que le duela lo suficiente, tu plan depende de él.

Qué hacer con esto

No es un argumento para dejar de entrenar. Es un argumento para entrenar sabiendo qué parte de lo que haces es habilidad y qué parte es el escenario cómodo en el que la practicas:

  • Trabaja a veces desde distancias absurdamente cortas, contra la pared, en el suelo, sentado.
  • Deja que el compañero ataque sin avisar cuál ni cuándo.
  • Acostúmbrate a recibir, dentro de lo razonable, para que el impacto no sea una novedad.
  • Y sobre todo: asume que el primer golpe entra. Todo lo que entrenes debería seguir teniendo sentido después de haberlo recibido.
Fuentes de este artículo
  1. Rory Miller, Meditations on Violence: A Comparison of Martial Arts Training and Real World Violence, YMAA Publication Center, 2014, §3.2. ISBN 9781594391187.

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