Violencia social y violencia depredadora

No hay «la violencia»: hay tipos distintos, con dinámicas distintas, y lo que resuelve uno empeora el otro. Saber cuál tienes delante es la decisión más importante que vas a tomar.

Esta es la página más útil de toda la sección, y la razón es simple: lo que desactiva una pelea de bar puede animar a un depredador, y lo que ahuyenta a un depredador puede provocar una pelea de bar. Si no distingues qué tienes delante, no puedes elegir la respuesta.

La división grande es esta:

  • Violencia social: la que sirve para establecer estatus, pertenencia o límites dentro de un grupo. Necesita público. Tiene reglas, y esas reglas normalmente evitan que la cosa llegue demasiado lejos.
  • Violencia asocial o depredadora: la que trata a la otra persona como un recurso. No hay reglas, no hay público, y no hay frenos incorporados.

La violencia social

La danza del mono

Casi todos los animales tienen un combate ritualizado entre machos de la misma especie para establecer dominancia sin matarse. Las serpientes se enroscan y forcejean. Los ciervos entrechocan las cuernas y empujan. Los humanos se pelean a puñetazos.

En todos los casos es un ritual con pasos concretos, diseñado por la genética para no ser letal. Estos son los pasos, y los has visto mil veces:

  1. Una mirada fija y agresiva. Si el otro aparta la vista de forma sumisa, la dominancia queda establecida y el asunto termina ahí.
  2. Un desafío verbal: «¿Qué miras?». Otra oportunidad de que termine, si el otro aparta la mirada de verdad — no fingiendo interés mientras cuchichea con sus amigos, porque eso escala el desafío en lugar de cerrarlo.
  3. Una aproximación, con señales visibles de adrenalina: braceo, pecho hinchado, la piel enrojecida.
  4. El primer contacto: casi siempre un empujón con las dos manos en el pecho o un dedo índice en el pecho. Si el dedo va a la cara, se salta directamente al paso 5. Si no, este paso puede repetirse muchas veces.
  5. Un puñetazo amplio y descendente.

Dos cosas que hay que entender de este guion.

La primera: es dificilísimo salirse. Llevamos miles de generaciones jugando a esto. Echarse atrás sin una salida que salve la cara resulta enormemente humillante, sobre todo para hombres jóvenes. Lo que mueve la escalada no es el enfado: es el miedo a la humillación de no responder. La danza del mono no es un juego al que juegas; es un juego que te juega a ti, salvo que apliques voluntad.

La segunda: la intervención de los amigos es la mejor salida. Cuando los demás se meten por medio y separan, nadie se ha echado atrás, nadie resulta herido y el estatus no queda establecido — pero sí queda establecida la disposición a pelear por él, que es todo lo que la danza buscaba. Eso fija límites y permite que los dos convivan con respeto mutuo, que es justamente uno de sus objetivos.

La danza del mono en grupo

Es una demostración de solidaridad grupal, y tiene al menos dos niveles.

En el nivel bajo, se disuade a alguien de fuera de meterse en los asuntos del grupo: es una forma de marcar territorio.

En el nivel alto, la víctima —a veces de fuera, a menudo alguien de dentro que se considera que ha traicionado— recibe una orgía de violencia en la que cada participante demuestra su lealtad por el daño que hace. Linchamientos y atrocidades de guerra entran aquí.

Estar en el extremo receptor de una danza del mono en grupo es de los peores sitios donde se puede estar, porque no tiene los frenos que sí tiene la versión individual. Si notas que te han bloqueado la salida, la situación estaba preparada para esto: hay que romper el bloqueo de forma explosiva y correr.

La paliza educativa

Hay entornos donde una paliza es simplemente la forma en que se hacen cumplir las normas. Ni más ni menos.

El ejemplo que cuenta Miller: un interno recibió dos golpes en el módulo. Nadie quería hablar del asunto — no por miedo, sino por vergüenza. La propia víctima le explicó que había dicho una barbaridad racista delante de todos, y añadió: «Me lo merecía. Olvidé dónde estaba. Fue una especie de paliza educativa.» Pudo volver al módulo sin problema: el mensaje se había mandado y él demostró que lo había recibido.

Las claves de esta forma de violencia:

  • Suele ser rápida y proporcionada, a veces un solo golpe casi displicente.
  • Si el que la recibe reconoce que se equivocó, termina inmediatamente.
  • Si discute o se indigna, escala — porque no reconocer la falta se interpreta como no reconocer el estatus de quien la aplica.
  • Quien la administra suele ser un miembro respetado del grupo. No es una danza del mono entre iguales: es una lección.

La consecuencia práctica: hay que saber reconocer cuándo has cruzado una frontera y estás en un sitio con otras reglas. Y si no conoces ese entorno, no sabes qué comportamientos tuyos se leen como una falta.

La exhibición de estatus

En ciertos entornos, la fama de ser peligroso vale mucho. Si creen que estás loco y que puedes estallar en cualquier momento, te tratan con deferencia.

¿Cómo se consigue esa fama sin arriesgarse? No pegando a los tuyos, que te cubren las espaldas. No pegando a los enemigos, que tienen amigos y memoria. Pegando a alguien de fuera que viaje solo y no tenga con quién.

Y aquí está lo que la hace peligrosa: la exhibición de estatus rompe a propósito las reglas de la violencia social, porque romperlas es justamente lo que demuestra. No va a atacar necesariamente a alguien de su nivel. Pegar a un niño, a una mujer o a alguien mayor demuestra locura; atacar a un superior demuestra locura y valentía a la vez, por muy a traición que se haga.

La defensa territorial

Es el puente entre lo social y lo asocial. Es profundamente social —se defiende al grupo, su casa, sus recursos— y se ejecuta muchas veces de forma profundamente asocial.

La bisagra es lo que Miller llama «otrificar»: convencerse de que el otro no es como nosotros. Casi ninguna persona normal puede matar a otra a sangre fría. Buena parte del adiestramiento militar y de la cohesión de cualquier banda consiste en facilitar que el enemigo se vea como otro: no de los nuestros, no como nosotros, quizá ni siquiera humano.

No hace falta llegar al extremo de creer que son animales. Basta con convencerse de que son muy distintos para que dejen de tener derecho a las cortesías —el aviso, el desafío, la piedad— que sí se le conceden a alguien del propio grupo.

La violencia depredadora

Los humanos somos casi únicos: somos sociales, así que tenemos reglas inconscientes para la violencia social; pero también somos cazadores, y sabemos matar presas con eficacia. Y podemos usar las herramientas de cazar contra nuestra propia especie.

Un león mata las crías de otro macho, pero no las caza. Un leopardo es perfectamente capaz de acechar y asesinar a otro leopardo, pero no lo hace. Cazar a los propios parece ser cosa de primates.

Un depredador no ve a su víctima como una persona, sino como un recurso: quién eres tiene para él el mismo peso emocional que el envoltorio de su hamburguesa. Y da igual el grado de psicopatía real: si te está atacando, ya ha superado cualquier consideración que pudiera tener.

Atacará con las tácticas que le parezcan más seguras y más fiables. Velocidad, sorpresa, ferocidad y armas — todo lo que sirva para que no reacciones y para que, si reaccionas, no sirva de nada.

Los dos tipos, y por qué la distinción es vital

Depredador de recurso. Quiere algo —tu dinero, tu coche— y ha decidido conseguirlo de ti. Usará violencia, pero muchas veces se conforma con amenazarla si cree que basta. Normalmente le das el recurso y la situación se acaba.

Depredador de proceso. Para él el acto de violencia es el objetivo en sí mismo. El crimen es el fin, no el medio. Necesita tiempo e intimidad, y por eso, si no la tiene donde está, intentará llevarte a otro sitio: lo que se llama un escenario secundario.

Con el depredador de recurso puedes negociar entregando la cartera. Con el de proceso lo que habría que entregar es a ti mismo. No hay trato.

La señal más importante de toda esta página: que alguien intente llevarte a otro sitio, meterte en un coche, atarte o hacer cualquier cosa que reduzca los testigos, indica que no le gustan sus probabilidades tal y como están ahora y quiere mejorarlas. Tus probabilidades, a partir de ese punto, solo empeoran. Cualquier riesgo por escapar merece la pena.

Las dos estrategias: irrupción y encanto

Cualquiera de los dos tipos puede usar dos estrategias.

Irrupción: velocidad, potencia y posición para hacerse con el control antes de que la víctima pueda resistirse. Importante: no siempre es física. Un enmascarado que enseña una pistola y grita «¡dame el dinero!» está usando irrupción aunque la violencia sea solo una amenaza. El control psicológico basta. Y para el agresor intimidar es más seguro que golpear, porque en cualquier acto de violencia siempre puede salir algo mal.

Encanto: usar habilidades sociales para colocarte en una posición vulnerable. Desde algo tan simple como pedirte la hora o un cigarro para que apartes la vista un segundo, hasta algo muy elaborado. Un depredador hábil con esta estrategia lo monta de forma que cada paso hacia la trampa lo elija la víctima, y encima crea que la idea fue suya.

Cuando ha conseguido el control —normalmente por posición o por lugar—, la cosa continúa como una irrupción.

La social necesita público y tiene reglas; la depredadora no tiene ni lo uno ni lo otro, y para ella eres un recurso. La defensa territorial es el puente: social en su motivo, asocial en su ejecución — y el mecanismo que la cruza es otrificar al otro.

Cómo distinguir una de otra

Tres señales que Miller da y que merece la pena tener presentes:

  • Una danza del mono sin público es sospechosa. Lo social necesita audiencia. Si alguien intenta arrastrarte a lo que parece una danza del mono y no hay nadie mirando, sospecha de un depredador — probablemente de proceso, de los que disfrutan pegando. Si te dejas arrastrar, la paliza será salvaje.
  • Si no encajas en el perfil de una danza de estatus —eres una mujer, un niño, una persona mayor— y alguien se comporta como si la iniciara, prepárate para un asalto depredador.
  • En cualquiera de esos casos, no intentes resolverlo con habilidades sociales. Los frenos que tiene la violencia social no están ahí.

En una línea

La pregunta no es «¿cómo me defiendo?». La pregunta, y va antes que cualquier técnica, es «¿qué tipo de violencia es esta?» — porque de la respuesta depende si lo correcto es apartar la mirada, disculparte, entregar la cartera, echar a correr o pelear inmediatamente.

Fuentes de este artículo
  1. Rory Miller, Facing Violence: Preparing for the Unexpected, YMAA Publication Center, 2014, cap. 2.

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